Alfa y Omega, diciembre 2011

Celebramos este mes el primer aniversario de la publicación de la Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Es la traducción que, a partir del año litúrgico 2012-1013, cuando comiencen a publicarse los nuevos leccionarios, se empleará en la liturgia de la Iglesia. Pero es también la que ya emplea la Conferencia Episcopal en sus documentos y la que recomienda para el uso pastoral y catequético, para la animación litúrgica y para la vida de piedad y estudio de los fieles. Es la versión promovida expresamente por nuestra Conferencia Episcopal y aprobada por ella.

Vale la pena, con motivo de este primer cumpleaños, hacer un poco de historia. El textoque leemos en esta versión es la punta de un enorme iceberg de mucho trabajo y muchos años de esfuerzo. Después del Vaticano II, entre 1964-1981, se habían traducido los textos litúrgicos, pero era necesaria una revisión de los mismos. En el año 1995, en el marco de un encuentro de obispos y teólogos que tuvo lugar en Madrid en torno al documento "La interpretación de la Biblia en la Iglesia", se avanzó la propuesta de un trabajo mucho más ambicioso, que no contemplaba solo la revisión de los textos litúrgicos, sino que pretendía poner a disposición de los pastores y fieles de la Iglesia española los mismos textos en el marco en que han sido transmitidos, es decir, junto con el resto de la Biblia. Nació así el proyecto de una traducción completa del texto bíblico promovida por la Conferencia Episcopal,que podría ser luego asumida como texto oficial de referencia para toda la labor evangelizadora de la Iglesia. Comenzaron los trabajos, se creó una Comisión coordinadora que designó a su vez un Comité Técnico. Dicho Comité pidió la colaboración de 24 especialistas de diversas universidades de España y Roma. A diferencia de lo que ocurrió en la traducción griega de los LXX estos 24 sabios no tardaron 24 días en traducir el texto. Se trataba de un trabajo lento y arduo de traducción que buscaba, en primer lugar, ser lo más fiel posible a la letra del texto sagrado y a la tradición viva que lo ha visto crecer. La traducción pretendía también ser fiel a la lengua castellana, y por ello se pidió la colaboración y el asesoramiento de lingüistas y literatos. Se hizo el esfuerzo además por mantener, en la medida de lo posible y conveniente, el tenor de las anteriores traducciones litúrgicas, de forma que no se creara confusión en los fieles.

Los trabajos desembocaron en un primer texto completo (junio de 2007) que tras diversas vicisitudes fue aprobado en noviembre de 2008 por la Asamblea Plenaria de Conferencia Episcopal Española y el 29 de junio de 2010 recibió la recognitio de la Congregación para el Culto Divino en Roma.

Este breve recuerdo histórico nos ayuda a ser más conscientes del don que hemos recibido. Toca ahora sacar partido al esfuerzo eclesial realizado durante estos años. Se trata de facilitar que esta versión bíblica llegue a muchos hogares, parroquias, comunidades religiosas, facultades de teología y centros de espiritualidad y de pastoral de forma que puedan recibir el don de la Palabra Sagrada con un lenguaje común, con las formulaciones queridas y garantizadas por nuestros Pastores.

En este sentido, y coincidiendo con el aniversario, se publica la nueva "edición popular (Minor)" del texto. En ella se reproduce íntegro el texto de la edición anterior (típica o Maior), pero con un formato más accesible, cómodo y económico. Han sido muchas durante estos meses las llamadas telefónicas de fieles que valoraban muy positivamente la nueva versión, pero manifestaban las dificultades que les creaba el tamaño del volumen. En su nuevo formato, la Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, podrá meterse en la maleta y en la mochila más fácilmente, viajar en coche o en avión, acompañarnos al colegio, a la universidad, a la iglesia o a la oficina.

La Iglesia de Dios vive de la Palabra (cf. Dei Verbum 3). La pretensión de que este texto bíblico se divulgue coincide con el deseo de que esa vida corra más fluidamente por las venas del cuerpo eclesial, que el mismo lenguaje litúrgico anime también la vida de piedad, de enseñanza y de aprendizaje de la Palabra de Dios.